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A pocas calles de la entrada de la fábrica de joyas en La Paz, Bolivia, Julia y María observan cautelosamente para ver si los guardias nocturnos las están observando. Las dos jóvenes Aymaras tiritan en la fría noche y bajan la cabeza mientras hablan.

“Es una experiencia horrible, pero tengo que hacerlo para alimentar a mis hijos,” dice Julia, una madre veinteañera de dos niños. “Los supervisores nos gritan todo el rato y si no terminamos el trabajo rápido nos dicen “las puertas están abiertas para que se vayan.”

Entrada al antiguo lugar de trabajo de José y Mamani. Adentro, el taller no es productivo, solo quedan algunas mesas y sillas.
Noah Friedman-Rudovsky
Entrada al antiguo lugar de trabajo de José y Mamani. Adentro, el taller no es productivo, solo quedan algunas mesas y sillas.
La entrada a la fabrica Aurafin no tiene ninguna señal indicando que es una de las fabricas mas grande de Bolivia.
Noah Friedman-Rudovsky
La entrada a la fabrica Aurafin no tiene ninguna señal indicando que es una de las fabricas mas grande de Bolivia.
Elvio y sus 80 compañeros de trabajo fueron despedidos por exigir mejores condiciones para su lugar de trabajo.
Elvio y sus 80 compañeros de trabajo fueron despedidos por exigir mejores condiciones para su lugar de trabajo.

María añade: “ni siquiera hay jabón o máscaras para protegernos del polvo.” De hecho su lista va más allá: pagas insuficientes, revisiones en desnudo a la salida, e incluso hostilidad al hecho de asistir a la escuela nocturna, porque supuestamente interfiere en el trabajo.

Apenas han transcurrido unos instantes y las dos mujeres se alistan nerviosas para marcharse. Tras otra mirada atrás, Julia abre más los ojos y anuncia “tenemos que irnos”. Armándose de valor, se ajustan las chamarras contra el viento helado y se ponen en camino en dirección a sus casas, ubicadas en algún punto de la empobrecida ciudad de El Alto.

Las dos mujeres no lo saben, pero a miles de millas su arduo trabajo diario es vendido por la manufacturera de joyas Aurafin, ubicada en el sur de Florida, bajo la frase de “producción responsable” (los nombres de anteriores y actuales trabajadoras de la fábrica han sido cambiados para evitar represalias). En 2008, Aurafin se asoció con Walmart y de ese modo la tienda al detalle más grande del planeta comenzó a vender las llamadas joyas “producidas responsablemente” bajo el nombre de línea “Love, Earth”. Aurafin y Walmart proclaman que esta joyería es realizada en condiciones que favorecen a los trabajadores y al medio ambiente, una cuestión rebatida por los testimonios de anteriores y actuales trabajadores.

El oro de “Love, Earth” proviene de minas estadounidenses ambientalmente amigable que muchas otras operaciones mineras, aspecto cuestionado por críticos que las acusan por una creciente polución. De allí, la jornada del metal precioso se dirige a Bolivia, donde miles de operarios como María y Julia, muchos en peores condiciones que las dos mencionadas, se fatigan para beneficio de compañías estadounidenses. Mientras “Love, Earth” resplandece como oro, por debajo de esa capa su anatomía muestra otro “volteo verde.” El producto no es mejor para el ambiente -o para la gente que lo fabrica- que cualquier otra pieza común y corriente de joyería.

Aurafin y sus empresa asociada no respondieron a reiterados pedidos de comentario. Después de que las prácticas de Aurafin fueron cuestionadas por New Times, un vocero de Walmart indicó que la compañía inmediatamente lanzó una investigación en la fábrica de La Paz.

“Tomamos estos reportajes muy seriamente, y pondremos un remedio muy pronto si nuestras investigaciones confirman alguna de las denuncias,” escribió en un correo electrónico el vocero Kory Lundberg, el 23 de noviembre pasado. “Nosotros permanecemos comprometidos a la provisión de mercadería que es producida responsablemente por nuestros proveedores, quienes se adhieren a las rigurosas normas que conforman el código de conducta para proveedores de Walmart”, recalcó.

Sin embargo, desde aquel correo electrónico inicial, Lundberg no ha provisto ninguna información adicional sobre hallazgos en las investigaciones, o si se había tomado alguna acción de remedio. Mientras tanto, Walmart prosigue vendiendo los productos de la línea “Love, Earth”. Eso significa que las fábricas de Aurafin en Bolivia, Perú y República Dominicana continúan realizando el trabajo de convertir el oro en joyas, y que los clientes continúan comprando las piezas, bajo la creencia de que están ayudando a trabajadores como Julia y María.



Pareciera una carta de amor, de la Madre Tierra a ti: centellantes pendientes en forma de árbol, trémulas mariposas, intrincados aros trenzados. La joyería que busca hacerte sentir bien cuando la compras.

Es un objetivo pretencioso. La manufactura de lujos de oro y diamantes es bastamente notoria como una de las líneas de producción más sucias en el planeta, con minas y fábricas acusadas no sólo de maltratar a sus trabajadores, sino también de dañar el medio ambiente. Por supuesto, nada de esto dice la página de internet de “Love, Earth”,que con sus airosas letras en cursiva verde e imágenes que alternan entre pulidos anillos y pendientes de “Love, Earth” que se parecen a un Chia Pet brotando entre la hierba, “puede catalizar”, asegura la mencionada página web de Walmart, “un cambio positivo en la forma en que se produce la joyería, desde las minas hasta el refinamiento, pulido y corte, y a lo largo de la manufactura, promoviendo prácticas responsables a lo largo de toda la actividad de nuestra cadena de producción de joyas”.

La idea se originó el año 2005, cuando el entonces presidente ejecutivo de Walmart, Lee Scott, decidió hacer de la sustentabilidad un aspecto central de la misión de la gigantesca tienda. En los siguientes años, la compañía dio forma a una estrategia “verde” a gran escala, que incluía el uso eficiente de energía en las tiendas, la mejora en el consumo de combustible en la flota de camiones, así como reducción de excesivo empaquetamiento. De igual modo, la atención ecológica también se dirigió hacia las cadenas de aprovisionamiento.

A pesar de que las líneas de producción “verde” no eran propiamente un concepto nuevo, nadie las había llevado a cabo en la joyería. Con el objeto de determinar las líneas de provisión, Walmart empleó casi tres años en consultas con expertos en producción sin fines de lucro e industriales. El Dr. Assheton Stewart Carter era un director de viejo rango en políticas y prácticas de negocios de Conservación Internacional cuando se estableció la línea. La organización ambiental establecida en la capital, fue una asociada fundadora de la línea “Love, Earth”, aunque una de sus voceras afirmó al New Times que la organización ya no era parte de aquella sociedad. “Por ese entonces, nadie había intentado hacer una línea de joyería rastreable”, sostiene por su parte Carter. “Considerando que a menudo el oro proveniente de varias partes se mezcla en cierto momento del refinamiento, no es sencillo determinar su origen”, explica. La decisión Walmart de identificar a las fuentes para sus consumidores “fue un significativo paso adelante para la industria,” dice.

Walmart sabía que las minas tenían que estar en EEUU, porque asegurar incluso los más mínimos estándares tanto de trabajo como ambientales a una escala más amplia era demasiado riesgoso. Rio Tinto y Newmont Mining –dos de las compañías mineras más grandes del mundo- ofrecieron el oro y el cobre de sus minas estadounidenses para la nueva línea. En 2009, diamantes fueron añadidos a “Love, Earth”, provistos por la mina Argyle, de propiedad de Rio Tinto, en Australia.

Conservation International se sumó al proyecto con entusiasmo. Como una de las más prominentes organizaciones medio ambientales –este Goliat distribuye alrededor de 115 millones de dólares anualmente- daría a los consumidores la facilidad de saber que un ente de su calibre había dado a “Love, Earth” el sello verde de su aprobación, aunque para observadores ambientales más acuciosos, el compromiso de CI levantó inmediatamente una bandera roja. Y es que CI con demasiada frecuencia se asocia con corporaciones de América –compañías como Chiquita y Exxon Mobile- por lo que a menudo es criticada por poner los intereses empresariales de sus socios por encima de los ambientales y de los de la población. La organización ha sido denunciada por concluir la transmisión sobre tenencia de tierras en Panamá que beneficiaban a empresas farmacéuticas, y por colaborar en la conversaciones con indígenas filipinos para llevar adelante perforaciones petroleras, por nombrar sólo dos. Para “Love, Earth” había también un aspecto personal en la alianza con Walmart: el Presidente ejecutivo de Conservation International, Peter Seligmann, es un viejo e íntimo amigo de la familia fundadora de Walmart, los Waltons. De hecho, Rob Walton encabeza el comité ejecutivo de CI.

El último socio –la compañía Aurafin situada en Tamarac- fue una elección fácil. “Aurafin era un proveedor de larga data de Walmart en buena posición”, recuerda Carter.

Fundada en 1982 por Michael H. Gusky, Aurafin se fusionó en 1999 con Northwest Equity Properties. La empresa se expandió aún más, llegando a dominar el mercado estadounidense de joyas de oro de 10 y 14 kilates. En 2007, la empresa Berkshire Hathaway del multimillonario Warren Buffet adquirió Aurafin así como Bel-Oro, otro jugador importante en la industria. La alianza creó el Grupo Richline, actualmente el mayor proveedor de joyería en los EEUU, con ingresos que sobrepasan los 500 millones de dólares anuales.

El grupo Richline, que actualmente incluye a Aurafin y otras siete compañías de joyería, mantiene operaciones en EEUU, Italia, India, Israel, Turquía, Bolivia, China, República Dominicana y Perú. Proporcionando por igual joyas de alto y bajo valor en más de 3.500 puntos en Estados Unidos, Richline recientemente creó la línea “Todo por un beso”, la cual tiene un rol estelar en las telenovelas de Telemundo.

Aurafin y Walmart lanzaron la línea “Love, Earth” en 2008, -autoproclamada como un “proyecto piloto” de largo plazo cuyo objeto era “limpiar” toda su oferta en joyería. El sitio ofrece una lista de 24 criterios autoregulados, que incluyen el cumplimiento de códigos ambientales en el desarrollo de la industria minera para limitar la basura tóxica, normas para los derechos de los trabajadores establecidas por las Naciones Unidas, más la promesa de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. La sociedad promete constantes apreciaciones y monitoreo de todos sus puntos de provisión.

Las fábricas de Aurafin ubicadas en Boivia, Perú y República Domicana serían las encargadas de convertir el mineral –extraído de minas de Utah y Nevada- en joyas. Una novedosa página web hace transparente todo el proceso: basta colocar el número de hornada ubicado en un par de aretes nuevos, para que estos inicien el “viaje” desde las minas en el sudoeste estadounidense a las fábricas en el exterior, y de ellas a la tienda de Walmart más cercana.

En tono confesional, Carter dice que la alianza no suponía un cambio de la industria de la joyería de un solo golpe. El bocado del pastel de Walmart es pequeño: tan sólo 2.8 billones de dólares de una industria que mueve globalmente unos 80 billones. Sin embargo, toda vez que la compañía es el vendedor al detalle más grande del mundo, según Carter, se esperaba que el proyecto piloto empujaría a otros en la dirección correcta. “Con su considerable influencia, alcance de mercado y compromiso con la sustentabilidad”, declaró este experto durante el lanzamiento de la nueva línea, “Walmart ha puesto a proveedores adecuados, compañías mineras y socios en la conservación ambiental a trabajar juntos para construir una cadena rastreable de provisión en una escala impresionante.”



Una ventosa mañana de mayo, una vocera de Newmont Minning, Lisa Hoffman, invitó a un paseo público para conocer las operaciones mineras de la compañía del norte de Nevada, que provee de materia prima a Aurafin. Hoffman condujo una vagoneta de la compañía a través de los puntos de revisión hasta Pete Pit, un cráter de media milla de tamaño y de más de 100 metros de profundidad ubicado en Carlin Trend, un trecho de más de 300 kilómetros cuadrados, considerado como una de las zonas auríferas más ricas del mundo.

Las uñas de esmalte dorado de Hofman resplandecen mientras señala al hoyo y afirma con orgullo “150 años atrás no podíamos haber imaginado qué estaríamos haciendo hoy día ni cómo lo estaríamos haciendo. Ahora miren”. Al paso, se ve que éstas no son las peores minas. No hay niños de 12 años amarrados picoteando y tratando de tirar abajo montículos de tres pisos de alto, sin otra cosa que las sogas de las que cuelgan precariamente. Las minas de Newmont no sólo se adhieren a los estándares del gobierno, según Hoffman, sino que ponen el listón más alto al seguir voluntariamente códigos ambientales. Pero aún así, eso está lejos de ser responsable, dicen los observadores más acuciosos de la industria, mientras indican a los consumidores que llamar esto minería responsable es una tergiversación a propósito.

“No hay evidencia de que las minas de Utah y Nevada que proveen de oro a “Love, Earth” son algo menos destructivas que otras minas alrededor del mundo”, se lee en una carta enviada en 2008 a los socios de la línea de joyería por Global Response, un grupo de derechos de los indígenas ubicado en Boulder, Colorado, que fue el primero en tomar acciones públicas en contra del posible “volteo verde” de “Love, Earth” (la organización es actualmente conocida como Cultural Survival).

Tras eso, grupos dedicados a los derechos indígenas así como al medio ambiente presentaron muchas denuncias. Los activistas enfatizan que las regulaciones gubernamentales, particularmente en Nevada, son notoriamente vagas, por lo que una proclamada adherencia a ellas muy difícilmente podría considerarse como un cumplimiento. Por ejemplo, los estándares de “Love, Earth” para el uso de mercurio cumple con las estipulaciones federales, pero de acuerdo a científicos, permite “inaceptables cantidades” de vertido de la peligrosa sustancia. Las minas también dependen de un controvertido proceso llamado “método de livixiación en pilas de cianuro” el cual puede resultar en una de las sustancias más tóxicas del planeta que entre en contacto con reservorios de agua. Ciertamente, el proceso es tan problemático que ha sido prohibido en Montana, en tanto que la Unión Europea viene considerando una prohibición parecida. “Love, Earth” se jacta de que sus minas voluntariamente han suscrito el Código Internacional de Uso de Cianuro, pero de acuerdo al Dr. Robert Moran, un hidrogeólogo y geoquímico cuyos clientes incluyen a la industria minera por más de 40 años, “eso hace poca diferencia”.

“No hay una ejecución real”, dice Moran. “El código fue escrito por la industria y permite el vertido de aguas que pueden ser letales para organismos acuáticos. También falla al medir el cianuro o sustancias relativas que suelen presentarse en zonas mineras”. Por otra parte, el propio proceso de monitoreo del código se ha mostrado harto problemático. Las autoridades de Ghana recientemente multaron a Newmont por 4.9 millones de dólares, por fallar en prevenir así como reportar e investigar adecuadamente un derrame de cianuro el año 2009.

Scott Cardiff, coordinador internacional para la campaña “Earthworks No Dirty Gold”, dice que su organización proveyó de criterios durante la fase de desarrollo de “Love, Earth”, pero afirma que Walmart no siguió adelante con los estándares más rigurosos. Más crítico aún, “Love, Earth” nunca ha permitido el monitoreo de terceras partes en sus sitios, un componente crucial para la mentada responsabilidad, sostiene. “Estas minas (de “Love, Earth”) no representan las mejores prácticas de precaución, lo cual es lo que la responsabilidad en minería debe ser,” concluye.

Además, dicen grupos comunitarios, es lo que los sitios de materia prima de Aurafin no adhieren a su propio criterio de aprobación comunitaria, o, en sus propias palabras “consultar con comunidades directamente afectadas por el proyecto… asegurándose de que sus derechos son respetados.”

“Las minas proveedoras de “Love, Earth” no han recibido este consentimiento”, dice Julie Cavanagh-Bill, consejera legal para el Western Shoshone Defense Project, “y esto es bien conocido y documentado,” añade.

Cavanagh-Bill y su esposo Larson viven en una casa ubicada en las montañas Ruby, a pocas decenas de kilómetros del punto de operaciones de Carlin Trend, de Newmont. Bill y sus ancestros nativos han estado en esta tierra desde antes de que fuese conocida como Nevada.

Larson, un vaquero de botas con dos nietos, todavía recuerda lo que sintió al ver los carteles de “Love, Earth” enumerando las minas alrededor de su tierra como lugares de producción responsable. Hombre sencillo y de risa fácil, Bill recuerda su enojo: “me dije a mí mismo: Esto es verde?”



La entrada a la fábrica Exportadores Bolivianos, de Aurafin, está encubierta en un callejón sin salida que queda perpendicular a las pendientes escalonadas de la ciudad andina de La Paz. No hay ninguna señal, ni nada que indique su existencia como una de las fábricas más grandes de la zona alta de Bolivia. El área de recepción está dispuesto con un sistema de seguridad mayor al de una mayoría de los aeropuertos bolivianos. Allí, a la derecha, en un enorme afiche en español se lee: “Walmart Inc, Normas Para Proveedores.”

Tras un corto tramo de gradas, se encuentra el santuario de trabajo de Eduardo Bracamonte, el gerente general de la fábrica de Aurafin, quien concedió esta entrevista en agosto de 2008. Sobrio y seguro de sí mismo, Bracamonte fue enrolado en 1993 por Aurafin para iniciar operaciones en Bolivia. La fábrica vio un crecimiento de entre 25 y 30% en esos tempranos años, debido en parte a los grandes compradores, Walmart y Kmart. “He estado en Bentonville y, de verdad, ellos están muy contentos con nuestro trabajo,” señala Bracamonte con una sonrisa impecable.

En la planta baja, bajo el resplandor de luces fluorescentes, 680 trabajadores faenan laboriosamente las joyas. En dos mesas largas, un grupo de unas 40 personas fijan la vista a través de lentes de amplificación, que semejan los lentes robóticos de tres dimensiones, mientras trenzan cadenas de oro. “Cómo va?” pregunta Bracamonte, inclinando su cabeza entre un grupo de trabajadores entrenados debajo de su oficina. “Se ve bien!” dice a otro grupo de pulidores mientras palmea los hombros de unos cuantos obreros. “Ah, eso es,” dice con una amplia sonrisa al tiempo que señala a la mesa de pulido. “Love, Earth”, confirma.

Bracamonte recuerda haber sido enfocado para la innovadora línea. La fábrica de Aurafin ya había sido proveedora de Walmart por diez años, así que cuando la central decidió asociarse con ésta para la nueva iniciativa, la instalación boliviana entró como parte del acuerdo. De acuerdo a Bracamonte, no llegaron inspectores ni tampoco hubo un repaso especializado. Recuerda, sí, que “hubo un montón de formularios que llenar.”

Concluidos esos papeles, comenzó la producción de “Love, Earth”, al lado de la producción normal de Aurafin. “Todo esto es mi producción usual,” dice el gerente señalando los cientos de piezas que se ubican a centímetros de la “producción responsable.” Explica que es temporada alta y que en adición a la orden de “Love, Earth”, la fábrica viene alistando un envío de 237.000 piezas. Señala que se encuentra ligeramente atrasado, por lo que los trabajadores tendrán que trabajar horas extras. “Eso es voluntario,” se apresura a señalar este empresario que gusta de llevar a sus niños a Disneyworld, “pero nunca hemos tenido problemas con gente que se quede a trabajar horas extras porque ellos quieren ganar más, y además mi personal está del todo comprometido en terminar el envío y con la mayor calidad”, recalca.

Sin embargo, esta es sólo una de las inconsistencias entre la representación de Aurafin sobre la calidad de la manufactura de “Love, Earth”, y el testimonio de trabajadores y documentos revelados en Bolivia.

New Times

reveló documentos confidenciales que muestran nóminas de pago de la fábrica de Aurafin, donde claramente se ve que los trabajadores están bastante lejos de que lo que se consideraría productos “responsablemente provistos.” Los salarios de base de los trabajadores el año 2008, estaban apenas unos centavos por encima del salario mínimo, por entonces de alrededor de 85 dólares mensuales. De acuerdo a un reporte del Departamento de Estado de EEUU, “este salario mínimo no provee de un nivel decente de vida para un trabajador y su familia.”

En rigor, María y Julia no necesitan a Washington para decirles eso. “Básicamente, nosotros hacemos entre 75 y 85 dólares al mes” (el monto de los ingresos han sido convertidos a la moneda de Estados Unidos para su correcta comprensión. Nota de Traductor), sostiene Julia, lo cual es menos de la mitad de lo que economistas bolivianos consideran suficiente para cubrir necesidades básicas. “A veces podemos hacer más en la temporada alta. Eso significa trabajar seis días a la semana durante doce horas cada día,” explica, pero “eso es como renunciar a tu vida.”

Otra trabajadora, la veinteañera Claudia, señala lo peor: “Debes quedarte si hay un envío que hay que terminar. No hay otra alternativa.” Ella desea asistir a la escuela nocturna, pero ha sido amenazada para no hacerlo. “Nos dicen que nada que compita con nuestro tiempo o que nos saque del trabajo como prioridad será tolerado,” explica.

Para Fernando, quien concluye su noveno año de trabajo en Aurafin, el mayor problema es sentirse amenazado en silencio. “El equipo de seguridad es sólo para el show, y la paga es miserable,” sostiene este delgado padre de dos hijos. “Pero aprendí rápido a mantener la boca cerrada cuando Bracamonte me llevó a su oficina después de que expresé algunas quejas. Ahora ya no digo nada más.”

Bruno Rojas, un investigador de los derechos de los trabajadores del Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral Agrario, un tanque de pensamiento en La Paz, dice que la operación de Aurafin contradice las promesas de “Love, Earth” de ser un producto responsablemente realizado. Especula: “No será el punto de la responsabilidad social al menos dar a los trabajadores un ingreso salarial que les permita pagar por sus necesidades básicas, así como condiciones que estén mejor que la norma?”



José es un hombre de 31 años que, como la gran mayoría de gente de la empobrecida ciudad de El Alto, es de origen Aymara. Su espeso cabello negro flota hacia arriba partiéndose por el centro y sobre su frente, recordando de algún modo a los arcos de MacDonalds. Corría el año 2004 cuando comenzó a trabajar en Aurafin. Ingresó como aprendice, es decir, como parte de una altamente fluctuante fuerza de trabajo de principiantes, que de acuerdo a las nóminas de paga de la compañía, constituyen una constante fuente de nuevos y mal pagados trabajadores.

Aunque son años que trabaja con Aurafin, José habló con el New Times sólo a condición de mantener el anonimato, porque teme las represalias de la compañía contra sus amigos y familiares.

Sus recuerdos del interior de la fábrica hacen eco con los testimonios de actuales trabajadores. José recuerda estar en una reunión cuando un compañero de trabajo protestó por el salario bajo. Un supervisor respondió inmediatamente: “no tienes derecho a reclamar nada, porque nosotros somos los que ponemos el pan en tu mesa cada día.” La ocupación de José consiste en limar oro, cosa que levanta gran cantidad de polvo, pero, al igual que a Julia y María, la fábrica nunca les ha provisto de máscaras de protección.

Después de tres meses, José fue despedido, al igual que otros 170 de 200 trabajadores que habían ingresado con él. El joven trabajador quedó descorazonado, pero eso no cambiaba el hecho de que necesitaba trabajar para mantener a sus padres y a un hermano menor. Fue así que en 2005 consiguió un trabajo más cerca a su casa, en uno de los “talleres” clandestinos de El Alto que proveen de mano de obra a Aurafin. “Pensé que sabía a qué estaba entrando,” recuerda. Sabía que no se trataba de un empleo de ensueño, pero la experiencia resultó mucho peor de lo que se había imaginado: mala paga, falta de beneficios y largas horas de trabajo. Los trabajadores eran forzados a realizar tediosas tareas, como trenzar cadenas de oro en duras condiciones, y con un fuerte abuso verbal de parte de los supervisores. Son estos talleres los que constituyen la más manifiesta contradicción entre las promesas de “Love, Earth” y la dura realidad.

De acuerdo al artículo del New York Times de 2005, el taller de José fue uno de los 17 subcontratados por Aurafin, proporcionando 1.600 puestos de trabajo. Según documentos presentados por la fábrica de Aurafin en 2008, se confirma que el 11 por ciento de sus costos –unos 918.000 dólares- se destinó para pagar a estos talleres de producción de joyería, haciendo que el salario anual de cada trabajador sea de unos 574 dólares, es decir, menos de 50 dólares por mes.

Desde el exterior, los talleres son irreconocibles: casas de dos pisos con una puerta de garaje abierta, que viene a ser la señal a los trabajadores de que el sitio está operando. Adentro, de acuerdo a José y Elvio Mamani, otro antiguo trabajador de estos lugares, no hay nada más que bancos y sillas. Mamani ha trabajado para varios talleres proveedores de Aurafin desde hace años, y dice que muchos de sus compañeros de trabajo escasamente tenían 14 años, cuando la edad mínima legal para trabajar en Bolivia es de 18 años. En el lugar la luz es escasa y no existen los lentes de aumento de aspecto robótico. “Tu material de trabajo son tus manos, algunas pinzas y el oro,” dice Mamani.

Rosario ya va a su onceavo año en estos talleres y dice que nada ha cambiado en todo este tiempo. Sonríe con unos dientes ligeramente torcidos, viste diariamente una pollera (la tradicional falda Aymara), y el típico sombrero de hongo inclinado a un lado. “Sigo aquí por necesidad,” señaló en diciembre de 2010, al tiempo que solicitaba el anonimato. Admite que es una forma muy precaria de proveer las necesidades de sus tres hijos.

El taller paga por pieza, y trabajar ocho horas al día, cinco o seis días a la semana, hace que Mamani y José lleven a sus hogares unos 40 dólares mensuales, esto es, menos de la mitad del salario mínimo que se paga en Bolivia.

La mayor parte de los trabajadores son mujeres, y José recalca que los supervisores las riñen y maltratan verbalmente. “Cuando las mujeres no trabajan lo suficientemente rápido, los supervisores las gritan y las llaman 'inútiles,' diciéndoles que por qué mejore seria buscar trabajo en la zona roja que está al otro lado de nuestro taller,” recuerda el joven. “Algunas se ponen a llorar, pero a los demás nos dicen que no las consolemos, porque si lloran es su propia falta.”

En 2006, José, Mamani y unos pocos más, decidieron sindicalizar su taller. Al principio, los otros 80 trabajadores estaban aterrados. Al fin de cuentas, su mísera paga es lo que hace, en uno de los más pobres países de Sudamérica, la diferencia entre alimentar y mandar a sus hijos a la escuela o no hacerlo. Pero con abusos montados a diario, los trabajadores decidieron que no tenían otra opción. Una vez que la organización fue viento en popa, Mamani recuerda, fueron rápidamente visitados por “el hombre de Bracamonte,” quien trató de hacerles retroceder en su decisión. Los trabajadores se mantuvieron firmes, pero al día siguiente se encontraron con el taller cerrado con candados. El lugar había sido clausurado, y los trabajadores fueron despedidos en el acto.

Rojas, del Centro de Estudios para el Desarrollo Labora y Agrario sostiene que este sistema de doble manufactura es común en Bolivia. “La fábrica principal es una suerte de cubierta,” dice, explicando que muchas compañías en La Paz tienen una central que cumple mínimamente con las leyes del trabajo, pero que es complementada en su producción con sitios fuera del mapa, y por ende fuera de los libros. “No hay duda de que las condiciones de trabajo en estos talleres son extremamente precarias y constituyen una seria explotación de los trabajadores,” finaliza.

La defensa de Bracamonte, durante los despidos de 2006, dijo que los talleres eran una entidad separada, subcontratada. Pero de acuerdo a la ley boliviana, la fábrica de Aurafin es responsable por las condiciones de trabajo de esos trabajadores, confirma Rojas. “Nuestra ley es clara en esto. (Aurafin) es responsable.”

Aún no existe una traducción adecuada para el término “greenwashing,” pero José lo redondea: “ellos se agarran nuestro trabajo y dicen a la gente que nos tratan mejor de lo que lo hacen para que lo compren.” Este hombre de suave habla, que es un fuerte delantero en el equipo de fútbol de su barrio, cuenta que tuvo diversos trabajos después de Aurafin a fin de sostener a su familia. Hace dos años pudo terminar el colegio y ahora es un estudiante de leyes que planea abrir una pequeña oficina de asesoría legal.

“Mi sueño es sentarme a la mesa con esos jefes [como Bracamonte], pero esta vez conociendo los derechos de los trabajadores,” dice. “Quiero ayudar a todos los trabajadores que se encuentran en la posición en que nosotros estuvimos”, sostiene mientras dirige una mirada, acaso inconsciente, en dirección a la fábrica de Aurafin, “así pueden tener a alguien de su lado.”



Jean Friedman-Rudovsky es periodista independiente radicada en La Paz, Bolivia.

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