Rosario ya va a su onceavo año en estos talleres y dice que nada ha cambiado en todo este tiempo. Sonríe con unos dientes ligeramente torcidos, viste diariamente una pollera (la tradicional falda Aymara), y el típico sombrero de hongo inclinado a un lado. “Sigo aquí por necesidad,” señaló en diciembre de 2010, al tiempo que solicitaba el anonimato. Admite que es una forma muy precaria de proveer las necesidades de sus tres hijos.

El taller paga por pieza, y trabajar ocho horas al día, cinco o seis días a la semana, hace que Mamani y José lleven a sus hogares unos 40 dólares mensuales, esto es, menos de la mitad del salario mínimo que se paga en Bolivia.

La mayor parte de los trabajadores son mujeres, y José recalca que los supervisores las riñen y maltratan verbalmente. “Cuando las mujeres no trabajan lo suficientemente rápido, los supervisores las gritan y las llaman 'inútiles,' diciéndoles que por qué mejore seria buscar trabajo en la zona roja que está al otro lado de nuestro taller,” recuerda el joven. “Algunas se ponen a llorar, pero a los demás nos dicen que no las consolemos, porque si lloran es su propia falta.”

Entrada al antiguo lugar de trabajo de José y Mamani. Adentro, el taller no es productivo, solo quedan algunas mesas y sillas.
Noah Friedman-Rudovsky
Entrada al antiguo lugar de trabajo de José y Mamani. Adentro, el taller no es productivo, solo quedan algunas mesas y sillas.
La entrada a la fabrica Aurafin no tiene ninguna señal indicando que es una de las fabricas mas grande de Bolivia.
Noah Friedman-Rudovsky
La entrada a la fabrica Aurafin no tiene ninguna señal indicando que es una de las fabricas mas grande de Bolivia.

En 2006, José, Mamani y unos pocos más, decidieron sindicalizar su taller. Al principio, los otros 80 trabajadores estaban aterrados. Al fin de cuentas, su mísera paga es lo que hace, en uno de los más pobres países de Sudamérica, la diferencia entre alimentar y mandar a sus hijos a la escuela o no hacerlo. Pero con abusos montados a diario, los trabajadores decidieron que no tenían otra opción. Una vez que la organización fue viento en popa, Mamani recuerda, fueron rápidamente visitados por “el hombre de Bracamonte,” quien trató de hacerles retroceder en su decisión. Los trabajadores se mantuvieron firmes, pero al día siguiente se encontraron con el taller cerrado con candados. El lugar había sido clausurado, y los trabajadores fueron despedidos en el acto.

Rojas, del Centro de Estudios para el Desarrollo Labora y Agrario sostiene que este sistema de doble manufactura es común en Bolivia. “La fábrica principal es una suerte de cubierta,” dice, explicando que muchas compañías en La Paz tienen una central que cumple mínimamente con las leyes del trabajo, pero que es complementada en su producción con sitios fuera del mapa, y por ende fuera de los libros. “No hay duda de que las condiciones de trabajo en estos talleres son extremamente precarias y constituyen una seria explotación de los trabajadores,” finaliza.

La defensa de Bracamonte, durante los despidos de 2006, dijo que los talleres eran una entidad separada, subcontratada. Pero de acuerdo a la ley boliviana, la fábrica de Aurafin es responsable por las condiciones de trabajo de esos trabajadores, confirma Rojas. “Nuestra ley es clara en esto. (Aurafin) es responsable.”

Aún no existe una traducción adecuada para el término “greenwashing,” pero José lo redondea: “ellos se agarran nuestro trabajo y dicen a la gente que nos tratan mejor de lo que lo hacen para que lo compren.” Este hombre de suave habla, que es un fuerte delantero en el equipo de fútbol de su barrio, cuenta que tuvo diversos trabajos después de Aurafin a fin de sostener a su familia. Hace dos años pudo terminar el colegio y ahora es un estudiante de leyes que planea abrir una pequeña oficina de asesoría legal.

“Mi sueño es sentarme a la mesa con esos jefes [como Bracamonte], pero esta vez conociendo los derechos de los trabajadores,” dice. “Quiero ayudar a todos los trabajadores que se encuentran en la posición en que nosotros estuvimos”, sostiene mientras dirige una mirada, acaso inconsciente, en dirección a la fábrica de Aurafin, “así pueden tener a alguien de su lado.”



Jean Friedman-Rudovsky es periodista independiente radicada en La Paz, Bolivia.

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