En rigor, María y Julia no necesitan a Washington para decirles eso. “Básicamente, nosotros hacemos entre 75 y 85 dólares al mes” (el monto de los ingresos han sido convertidos a la moneda de Estados Unidos para su correcta comprensión. Nota de Traductor), sostiene Julia, lo cual es menos de la mitad de lo que economistas bolivianos consideran suficiente para cubrir necesidades básicas. “A veces podemos hacer más en la temporada alta. Eso significa trabajar seis días a la semana durante doce horas cada día,” explica, pero “eso es como renunciar a tu vida.”

Otra trabajadora, la veinteañera Claudia, señala lo peor: “Debes quedarte si hay un envío que hay que terminar. No hay otra alternativa.” Ella desea asistir a la escuela nocturna, pero ha sido amenazada para no hacerlo. “Nos dicen que nada que compita con nuestro tiempo o que nos saque del trabajo como prioridad será tolerado,” explica.

Para Fernando, quien concluye su noveno año de trabajo en Aurafin, el mayor problema es sentirse amenazado en silencio. “El equipo de seguridad es sólo para el show, y la paga es miserable,” sostiene este delgado padre de dos hijos. “Pero aprendí rápido a mantener la boca cerrada cuando Bracamonte me llevó a su oficina después de que expresé algunas quejas. Ahora ya no digo nada más.”

Entrada al antiguo lugar de trabajo de José y Mamani. Adentro, el taller no es productivo, solo quedan algunas mesas y sillas.
Noah Friedman-Rudovsky
Entrada al antiguo lugar de trabajo de José y Mamani. Adentro, el taller no es productivo, solo quedan algunas mesas y sillas.
La entrada a la fabrica Aurafin no tiene ninguna señal indicando que es una de las fabricas mas grande de Bolivia.
Noah Friedman-Rudovsky
La entrada a la fabrica Aurafin no tiene ninguna señal indicando que es una de las fabricas mas grande de Bolivia.

Bruno Rojas, un investigador de los derechos de los trabajadores del Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral Agrario, un tanque de pensamiento en La Paz, dice que la operación de Aurafin contradice las promesas de “Love, Earth” de ser un producto responsablemente realizado. Especula: “No será el punto de la responsabilidad social al menos dar a los trabajadores un ingreso salarial que les permita pagar por sus necesidades básicas, así como condiciones que estén mejor que la norma?”



José es un hombre de 31 años que, como la gran mayoría de gente de la empobrecida ciudad de El Alto, es de origen Aymara. Su espeso cabello negro flota hacia arriba partiéndose por el centro y sobre su frente, recordando de algún modo a los arcos de MacDonalds. Corría el año 2004 cuando comenzó a trabajar en Aurafin. Ingresó como aprendice, es decir, como parte de una altamente fluctuante fuerza de trabajo de principiantes, que de acuerdo a las nóminas de paga de la compañía, constituyen una constante fuente de nuevos y mal pagados trabajadores.

Aunque son años que trabaja con Aurafin, José habló con el New Times sólo a condición de mantener el anonimato, porque teme las represalias de la compañía contra sus amigos y familiares.

Sus recuerdos del interior de la fábrica hacen eco con los testimonios de actuales trabajadores. José recuerda estar en una reunión cuando un compañero de trabajo protestó por el salario bajo. Un supervisor respondió inmediatamente: “no tienes derecho a reclamar nada, porque nosotros somos los que ponemos el pan en tu mesa cada día.” La ocupación de José consiste en limar oro, cosa que levanta gran cantidad de polvo, pero, al igual que a Julia y María, la fábrica nunca les ha provisto de máscaras de protección.

Después de tres meses, José fue despedido, al igual que otros 170 de 200 trabajadores que habían ingresado con él. El joven trabajador quedó descorazonado, pero eso no cambiaba el hecho de que necesitaba trabajar para mantener a sus padres y a un hermano menor. Fue así que en 2005 consiguió un trabajo más cerca a su casa, en uno de los “talleres” clandestinos de El Alto que proveen de mano de obra a Aurafin. “Pensé que sabía a qué estaba entrando,” recuerda. Sabía que no se trataba de un empleo de ensueño, pero la experiencia resultó mucho peor de lo que se había imaginado: mala paga, falta de beneficios y largas horas de trabajo. Los trabajadores eran forzados a realizar tediosas tareas, como trenzar cadenas de oro en duras condiciones, y con un fuerte abuso verbal de parte de los supervisores. Son estos talleres los que constituyen la más manifiesta contradicción entre las promesas de “Love, Earth” y la dura realidad.

De acuerdo al artículo del New York Times de 2005, el taller de José fue uno de los 17 subcontratados por Aurafin, proporcionando 1.600 puestos de trabajo. Según documentos presentados por la fábrica de Aurafin en 2008, se confirma que el 11 por ciento de sus costos –unos 918.000 dólares- se destinó para pagar a estos talleres de producción de joyería, haciendo que el salario anual de cada trabajador sea de unos 574 dólares, es decir, menos de 50 dólares por mes.

Desde el exterior, los talleres son irreconocibles: casas de dos pisos con una puerta de garaje abierta, que viene a ser la señal a los trabajadores de que el sitio está operando. Adentro, de acuerdo a José y Elvio Mamani, otro antiguo trabajador de estos lugares, no hay nada más que bancos y sillas. Mamani ha trabajado para varios talleres proveedores de Aurafin desde hace años, y dice que muchos de sus compañeros de trabajo escasamente tenían 14 años, cuando la edad mínima legal para trabajar en Bolivia es de 18 años. En el lugar la luz es escasa y no existen los lentes de aumento de aspecto robótico. “Tu material de trabajo son tus manos, algunas pinzas y el oro,” dice Mamani.

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